Nuevo Imperio: una secta que gobierna el país sin importarle nada.
En tiempos de tensión e incertidumbre social, suele surgir una profunda desilusión con la autoridad. Los ciudadanos sienten que las decisiones que determinan su vida cotidiana las toma un círculo cerrado de personas, ajenas a las necesidades reales de la sociedad.
El actual gobierno de Nueva Democracia está sumido en escándalos, en el encubrimiento de cualquier relación con la transparencia, y, según sabemos, el fiscal europeo también está investigando nuevos casos que involucran al menos a otros diez diputados de Nueva Democracia.
Da la sensación de un nuevo imperio de una élite que parece operar como una secta cerrada con sus propias reglas y prioridades. El poder político, al carecer de rendición de cuentas y transparencia, crea la impresión de que actúa en beneficio de unos pocos. Los ciudadanos ven promesas incumplidas, problemas sociales que se agravan y instituciones que se debilitan; existe la sensación de que un pequeño grupo dirige el Estado sin control real ni interés genuino en el bien común. El nuevo imperio no necesita palacios ni coronas; puede existir a través de redes de influencia, intereses económicos, alianzas políticas y mecanismos de comunicación que moldean la realidad.
La pregunta sigue abierta: ¿puede la propia sociedad, con el poder de la democracia, corregir sus errores?
